Año nuevo..., vida nueva

02.01.2014 08:14

Entre el final y el comienzo de un nuevo año, suele ser costumbre bastante generalizada el hacer planes, promesas y buenos propósitos, con la intención de corregir determinados hábitos negativos o cambiar ciertas actitudes viciadas que nos han creado problemas. Y, al mismo tiempo, diseñar nuevas estrategias o formas de responder ante las dificultades, contratiempos, adversidades, y emprender proyectos, asumir retos...

Esta costumbre de hacer planes es expresión loable y sincera de buena voluntad por buscar la perfección y mejorar en lo posible, que dice mucho en favor de aquellas personas que, sin desmayo y con verdadero tesón, siguen intentado prometerse al comienzo de cada año nuevo, saber vivir mejor, no caer en los mismos errores, superarse, emprender nuevos proyectos, asumir retos...  

El problema radica no tanto en los buenos deseos, en la buena voluntad o de mejorar y de cumplir unos propósitos adquiridos, como en la manera más eficaz y práctica de llegar a convertirlos en realidad. No basta querer cambiar a mejor, que no es poco, sino en saber qué es lo que se debe hacer para que un buen propósito sea algo más que buenas palabras y débiles intentos y que, tras unos días o, a lo sumo, unas semanas, todo siga como al principio o peor.

Las personas de éxito, que saben trazarse metas concretas y poner los medios adecuados para conseguirlas, suelen emplear estrategias muy parecidas. Hay formas de pensar y de actuar que, con toda seguridad, antes o después, producen los resultados apetecidos, mientras que otras conducen inexorablemente al fracaso.

Tanto si encaramos empresas y objetivos arduos, de gran dificultad y calado, como si nos proponemos unos logros más normales y asequibles, necesitamos seguir un plan.

  1. Metas bien definidas, muy concretas. Hay que tener una idea bien clara de lo que se quiere lograr. Muchas personas se dispersan y malgastan sus energías porque intentan muchas cosas y no tienen una idea precisa de dónde quieren dirigir sus esfuerzos.
  2. Autoestima y sentimiento de propia competencia. O lo que es lo mismo, sentirse valioso y capaz de afrontar con esperanzas de éxito la meta propuesta. Creer en uno mismo.
  3. Entusiasmo, pasión e ilusión. Poner día a día todos los medios que tenemos al servicio de nuestros proyectos, sin importar sacrificios, tiempo, dificultades y posibles fracasos circunstanciales.
  4. Capacidad para visualizar y disfrutar mentalmente del logro proyectado, como si ya fuera una realidad. Las personas de éxito disfrutan y gozan con cada paso, con cada escalón que suben y que les acerca a sus metas, casi tanto como disfrutarán cuando la meta sea una realidad. Jamás se ven a sí mismas como perdedores, como fracasados, aunque conozcan los riesgos de lo que hacen. Se visualizan como personas tenaces que, sin la menor duda, obtendrán sus propósitos.
  5. ¡Acción! Pasar de la teoría a la práctica sin dudarlo. El problema de no pocas personas es que se pierden en disquisiciones, en planificaciones, exhaustivas y detalladas, en previsiones temerosas y, por no tener garantizado que su acción es la mejor o la ideal, se quedan en el plano de la pasividad y de la espera permanente.
  6. Actitud mental positiva. Es la capacidad para ver siempre el vaso medio lleno, en lugar de verlo medio vacío. Tienen muy claro que en las peores circunstancias siempre hay algo provechoso, algo valioso que descubrir. Me refiero a esa capacidad de hacerse una limonada con esos limones que, con mayor o menor frecuencia, nos depara la vida.
  7. Autodisciplina y trabajo. Ser capaces de satisfacer el precio que debemos pagar para lograr los objetivos. La autodisciplina significa el día a día pero sin concesiones, sin dejación y sin lamentaciones inútiles.
  8. Autoevaluación, control de resultados y reflexión. Deben ser frecuentes para comprobar en qué medida y a qué ritmo caminamos hacia los objetivos que nos hemos propuesto. Ver si somos fieles a lo proyectado y permitir que alguien cercano y de nuestra confianza nos recuerde lo prometido y nos ayude a no desfallecer en el día a día.
  9. Capitalizar los fracasos y contar con los días grises y los momentos en baja. Los fracasos son la antesala del éxito más seguro si sabemos analizar sus causas. Jamás debemos percibir el fracaso, la dificultad o el problema como una constante en nuestra vida, sino como algo duro, pero circustancial y pasajero.
  10.  Ética personal y profesional. Significa actuar de buena voluntad, con honradez y con ánimo de lograr nuestros objetivos utilizando los medios adecuados, pero sin hacer el mal para conseguirlos. Non sunt facienda mala tu eveniant bona. No debemos obrar mal para conseguir bienes deseables.
  11.  Aprovechar las experiencias ajenas. Aprender de los éxitos de los demás y estar atentos para descubrir qué actitudes y modos de obrar contribuyeron siempre a que otras personas lograran sus objetivos.
  12.  Tenacidad inteligente. O, lo que es lo mismo, la incansable y contundente firmeza y constancia en los propósitos que nos impulsa a seguir insistiendo hasta el límite de nuestras fuerzas y posibilidades, pero de forma inteligente, sin la tozudez del insensato que pretende imposibles.

Vamos a poner en marcha todos estos puntos, vamos a poner en marcha nuestro plan, para que este año que estrenamos sea el inicio de una vida nueva y aprobemos la asignatura de saber vivir mejor.